Realismo literario.
Características. Ficha de lectura.
·
Leer los
cuentos “Hernán” y “Patrón” de Abelardo Castillo. Luego realizar la siguiente ficha de lectura: (1 para cada cuento)
Nombre del
cuento
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Autor
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Tipo de narrador
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Personajes
principales
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Lugar donde
sucede
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Época aproximada
(tiempo/año/década)
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Argumento (
trama de la historia/ de que se trata)
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Temas que trata
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Final de la
historia (desenlace del cuento)
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CUENTOS
Hernán
Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán,
lo sé, aunque haya hecho muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá
olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el
pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su
figura lamentable de profesora de literatura que recitaba largamente a Bécquer
y, turbada, omitía ciertos párrafos de los clásicos y en los últimos tiempos
miraba de soslayo a Hernán. Quiero contarlo ahora, de pronto me dio miedo
olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es
necesario que alguien la recuerde, Hernán, que entre el montón de porquerías
hechas en tu vida haya siempre un sitio para ésta de hace mucho, de cuando
tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el que podía
demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los
pobres diablos como el señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la
señorita Eugenia que guardaba violetas aplastadas en las páginas de Rimas y
leyendas y olía a alcanfor.
Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi
bachillerato. Entró a clase y desde el principio advertimos aquella cosa
extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz, lo
mismo que ese tenue aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una
bolsita colgada sobre su pecho de señorita Eugenia, bajo la blusa. Ella entró
en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la impresión que le
causábamos, cuarenta muchachones rígidos, burlonamente rígidos junto a los bancos,
y cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura del hombro para encontrar
sus ojos de animalito espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una
amiga para nosotros, una amiga mayor, y que la llamáramos señorita Eugenia,
simplemente. Alguien, entonces, en voz alta –lo bastante alta como para que
ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró
mucho de que todavía fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera
señorita y los demás rieron, y ella, arreglando nerviosamente los pliegues de
su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos
parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien
espera que le expliquen algo, y cuando torpemente creyó que debía insinuarnos
“pueden sentarse”, nosotros ya estábamos sentados y ella reparó por primera vez
en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de pie él solo.
Y en medio del silencio de la clase, dijo:
–Yo –dijo pausadamente– soy Hernán.
Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no
recuerdo cómo hizo él para darse cuenta: acaso fue por aquellas miradas
furtivas que, al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita Eugenia
dirigía hacia su banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo
dijeron ya lo sabía. “Me parece que la vieja…”, le dijeron, y Hernán debió
fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo había adivinado desde el
comienzo, desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de
mujer sola; porque Hernán sabía que ella se inquietaba cuando él, acercándose
sin motivo, recitaba la lección en voz baja, íntima, como si la recitara para
ella.
–Este Hernán es un degenerado.
Te admiraban, Hernán.
–Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse.
Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a
pintarse absurdamente los ojos, de un color azulado, y la boca, de pronto
comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas acerca de la edad,
la edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho
más juvenil que esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza
loca y lo que es peor –esto lo dijo mirando a Hernán de un modo tan extraño que
me dio asco–, lo que es peor, con el corazón vacío.
–A que sí.
Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que
pocos días antes del 21 de septiembre surgió, repentina y gratuita, como un
lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de ese regocijo
feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque
después, más adelante, está la vida, que selecciona sólo a los más aptos, a los
más fuertes, a los tipos como él, como Hernán, aquel Hernán brillante de
dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o componer
estrofas a la manera de Asunción Silva o apostar que sí, que se atrevería –como
realmente se atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa,
esa especie de escapulario entre los dedos, pasó delante de todos y fue
lentamente hacia el pizarrón–, porque los que son como vos, Hernán, nacieron
para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia.
–A que no.
–Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de
todos, de los cuarenta, e iría, lentamente, hacia el pizarrón–. Para que
aprenda a no ser vieja loca –dijo.
Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora
necesito recordarlas para que Hernán no las olvide. Hubo, por ejemplo, lo de
las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había venido siendo
una suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles
deslumbradoras en un escrito de Historia. Pero aquella primera carta (a la que
seguirían otras, ambiguas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta
que una tarde en el libro que te alcanzó la señorita Eugenia apareció por fin
la primera respuesta, escrita con su letra pequeña, redonda, adornada con
estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo
sé de qué modo, Hernán, con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda
una noche aquella primera carta, que yo mismo dejé entre las páginas de las
Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco perfume
entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de
alcanfor, colgada al cuello de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el
que sólo una vez tropezaron unos dedos que no fuesen los de ella.
No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de
que ella no tomase el libro. La mujer, extrañada, levantó el papel que había
caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba por favor, lea usted esto, y
después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días
que siguieron, cuando encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en
cuatro pliegues, ya no se turbaba, y entonces empezó a decir aquellas
insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta que el propio Hernán
se asustó un poco. Sí, porque al principio fue como un juego, tortuoso, procaz,
pero en algún momento todo se volvió real y, una tarde, estaba hecha la
apuesta:
–Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán.
El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron
verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo miraba. Lo miraba de tal manera
que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca significativa a los
otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse
o, acaso, al oír que ella hablaba de las cosas imposibles (“hay cosas
imposibles, Hernán, usted es tan joven que no se da cuenta”) pensó que se
despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía echarse
atrás, aunque tuviera que hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia,
que aquella tarde llevaba puesto un inaudito vestido, un jumper, sobre su blusa
infaltable de seda blanca. Por eso, sin pensarlo más, él la invitó a dar un
paseo por los astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz
aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo perfume a alcanfor y
seguida por mí, que antes de salir le dije a alguno:
–Préstame las llaves del coche.
Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba
saliendo, con el estómago revuelto, oí que alguien pronunciaba mi nombre:
–Hernán.
–Qué quieren –pregunté.
Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que
me acordaba. Como me acuerdo de todo lo que ocurrió esa tarde, en los galpones,
contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al otro día, en el
Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé
lentamente hacia el pizarrón apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de
escapulario, como un trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la señorita Eugenia
al entrar en la clase, de sus ojos pintados ridículamente de azul que se
abrieron espantados, dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin
comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada, balanceándose
todavía, una bolsita blanca de alcanfor.
Patrón
I
La
vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un
miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura adentro como un bicho enrollado,
un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel
áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió.
Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero
m’hija, había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu
marido. La miraba. Va a estar contento Anteno, agregó. Y Paula dijo sí, claro.
Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:
–Sí,
claro.
Esa
tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño
de La Cabriada: el amo.
–Mire
que no es obligación. –La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de
lejos que sí, que era obligación. –Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don
Anteno con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso no quita
que haga su voluntad.
Sin
querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en toda La
Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que
Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja –muerto, achicharrado en los
corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30– podía ser la
mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado
al rancho y había dicho:
–Quiero
casarme con su nieta –Paula estaba afuera, dándoles de comer a las gallinas;
el viejo había pasado sin mirarla. –Se me ha dado por tener un hijo, sabes.
–Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que estaba en
el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que iba a
pronunciar después. –Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío.
¿Cuántos años tiene la muchacha?
–Diecisiete,
o dieciséis –la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer
para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la
nieta. Se secó las manos en el delantal.
El
dijo:
–Qué
me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada
a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me
contestas.
–Y
yo no sé, don Anteno. Por mí no hay… –y no alcanzó a decir que no había
inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido.
Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo “vaya, que
la vieja quiere hablarla”. Ella entró y dijo:
–Sí,
claro.
Y
unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el
patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería escuchar
las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.
–Un
alambre parece el viejo.
Duro,
retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando que de viejo sólo
tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón,
y él se rió, sudado, brillándole la piel curtida. Oliendo a padrillo.
Solos
los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con todo el
cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como
un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo
Antenor:
–Cerro
Patrón.
Y
fue todo lo que dijo.
Después,
al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó con el farol desde
lejos. Cuando llegaron a la casa, Paula no vio más que a una mujer y los perros.
Los perros que se abalanzaban y se frenaron en seco sobre los cuartos, porque
Antenor los enmudeció, los paró de un grito. Paula adivinó que esa mujer,
nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también que era
ella quien cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado “comieron”, y
señaló los perros.
Ahora,
desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los perros duermen.
Largos los pinos, lejos.
–Todo
lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo –Antenor
señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio se
oyó un relincho–. Vení, arrímate.
Ella
se acercó.
–Mande
–le dijo.
–Todo
va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que acá se
hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. –Y
señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás
de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le
tocó la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido. –Veintiocho años
tenía cuando me lo gané –la miró, como quien se mete dentro de los ojos–, ya
hace arriba de treinta.
Paula
aguantó la mirada. Lejos, volvió a escucharse el relincho. El dijo:
–Vení
a la cama.
II
No
la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del árbol crecido
en el patio. Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de
los postes y el alambrado de púas. Una noche –se decía–. muchos años antes,
Antenor Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más.
Porque el trato era “hasta que amanezca”, y él estaba acostumbrado a estas
cláusulas viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a
veces ni siquiera con eso.
–De
acá hasta donde llegues –y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la mano,
y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos del
otro–. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.
Nadie
sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando Antenor Domínguez aquella
noche; algunos, los más suspicaces, aseguraban que el hombre caído junto al
mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato: toda la tierra que se
abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin ser tan zonzo como
para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la estaca empezó a
ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si cuadraba,
regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una noche.
Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años y estaba
acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el
alambre. Por eso no la consultó. La cortó.
Ella
lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló. Nadie, viéndola,
hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una mujer grande, ancha
y poderosa como un animal, una bestia bella y chucara a la que se le adivinaba
la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero como una
rama.
–Contesta,
che. ¡Contesta, te digo! –se le acercó. Paula sentía ahora su aliento junto a
la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:
–No,
don Anteno.
–¿Y
entonces? ¿Me querés decir, entonces…?
Obedecer
es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea una, por más que
aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento, como si
entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y medio boca
arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la sangre
tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo y
encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto;
le pareció distinto. Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó
detrás de una parva; Paula había sentido la mirada caliente recorriéndole la
curva de la espalda, como en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un
golpe seco, y se dio vuelta. Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el
peón abría la boca como en una arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue
esa sola vez. Se sintió mujer disputada, mujer nomás. Y no le importó que el
viejo dijera yo te voy a dar mirarme la mujer, pión rotoso, ni que dijera:
–Y
vos, qué buscas. Ya te dije dónde quiero que estés.
En
la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo, abría y
cerraba la boca en silencio, mientras otros hombres empezaron a rodear al
viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al
respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:
–Qué
buscas.
–La
abuela –dijo ella–. Me avisan que está mala –y repentinamente se sintió sola,
únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones
agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos.
Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.
–Qué
miran ustedes –la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el
momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz
venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y
de nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado–. Si
andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.
III
A
los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de estafado, eso era. Antes
había sido impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro de no
tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y ella que bajaba la cabeza con un
poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero que se
emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara con
la vista fija en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insulto
en los potreros, como un golpe a mano abierta, prefigurando la mano pesada y
ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara, porque Paula siempre
supo que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la
abuela.
–O
cuarenta y tantos, es lo mismo.
Alguien
lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de diferencia,
querían decir. Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos
cueros, adivinó la mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia
era grande. Y quién sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.
–Volvemos
a la casa –dijo de golpe.
Ésa
fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después –hasta la tarde
aquella, cuando un toro se vino resoplando por el andarivel y hubo gritos y
sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo– pasó un año, y
Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer
meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer
año, quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas
en que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal
maneado, poseyéndola con rencor, con desesperación. Ella supo que estaba
encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de llorar; no sabía por qué, si
porque el viejo se había salido con la suya o por la mano brutal, pesada, que
se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar, estallándole, por fin, en la
cara.
–¡Contesta!
Contéstame, yegua.
El
bofetón la sentó en la cama; pero no lloró. Se quedó ahí, odiando al hombre con
los ojos muy abiertos. La cara le ardía.
–No
–dijo mirándolo–. Ha de ser un retraso, nomás. Como siempre.
–Yo
te voy a dar retraso –Antenor repetía las palabras, las mordía–. Yo te voy a
dar retraso. Mañana mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la
Tomasina. Te voy a dar retraso.
La
había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días; quizá desde la
primera noche, mes a mes, durante los tres años que llevó cuenta de los días.
–Mañana
te levantas cuando aclare. Acostate ahora.
Una
ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio desde el
sulky, cuando pasaba hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne quemada y
una gran “A”, incandescente, chamuscándole el flanco: Paula se reconoció en
los ojos de la ternera.
Al
volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones. Un torito mugía,
tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear un animal y
descornarlo o caparlo de un tajo. Antenor la llamó, y ella hubiera querido que
no la llamase: hubiera querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el
viejo la llamó y ella ahora estaba parada junto a él.
–Ceba
mate. –Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el
nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un
crujido y un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y
caliente. –Qué fruncís la jeta, vos.
Ella
le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció adivinarlo.
Paula estaba agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus ojos, darse
vuelta.
–Che
–dijo el viejo.
–Mande
–dijo Paula.
Estaba
mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de sangre pegajosa:
recordó el bofetón de la noche anterior. Por el andarivel traían un toro
grande, un pinto, que bufaba y hacía retemblar las maderas. La voz de Antenor,
mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que Paula estaba
temiendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos gritaron.
–¿Qué
te dijo la Tomasina? –preguntó.
Y
todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían achicado al mirarla,
pero de inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras todos gritaban, el
cuerpo del viejo dio una vuelta en el aire, atropellado de atrás por el toro.
Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las pezuñas sobre la
tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la mano,
mirando absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado sobre el
alambrado de púas, como un trapo puesto a secar.
Y
todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la voz
autoritaria de don Antenor Domínguez.
–¡Ayúdenme,
carajo!
IV
Esta
orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que articuló. Después
estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y cerrando la boca
sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen descargado un
hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más tarde. Sólo
entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el
viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en
condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.
–Va
a tener el chico –le anunció–. La Tomasina me lo ha dicho.
Un
brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se le achisparon
los ojos y, de haber podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por primera vez
en su vida. Un tiempo después garabateó en un papel que quería volver a la
casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.
Nadie
vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo Fabio, eran las
dos únicas personas que Antenor veía. Salvo la mujer que ayudaba a Paula en la
cocina –pero que jamás entró en el cuarto de Antenor, por orden de Paula–,
nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el sol. Llegaba y
se quedaba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o qué decir.
Paula, en silencio, cebaba mate entonces.
Y
súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando Antenor pidió
que lo llevaran al cuarto alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa y brutal,
se había ido transformando. Hablaba poco, cada día menos. Su expresión se fue
haciendo cada vez más dura –más sombría–, como la de quienes, en secreto, se
han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció ahogarse; Paula
sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo. Sin embargo,
ahí, entre las sábanas y a la luz de la lámpara, el rostro de Antenor
Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo. No iba a morirse hasta
que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de
remedio en los labios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los
ojos, por un momento, se le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un
grito:
–¡Va
a tener el chico, me oye! –Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba sobre
las mantas, desde las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.
Esa
misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo subieron al cuarto alto. Allí,
don Antenor Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un travesaño de
fierro, que el doctor había hecho colocar sobre la cama, erguido a medias podía
contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a garrapatear con lentitud
unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres que,
abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo
ancho. El viejo volvió a sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada
perdida, solo, en silencio, abriendo y cerrando la boca como si rezara –o como
si repitiera empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el
vientre de Paula–, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del
Cerro Negro. Contra el cielo.
Una
noche volvió a sacudirse en un ahogo. Paula dijo:
–Va
a tener el chico. El asintió otra vez con la cabeza.
Con
el tiempo, este diálogo se hizo costumbre. Cada noche lo repetían.
V
El
campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que veía. El
médico, ahora, sólo lo visitaba si Paula –de tanto en tanto, y finalmente
nunca– lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una vez por semana ataba el
sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por
olvidarse de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.
Cuando
el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus ropas, la mujer que
ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor, interrogantes, estaban
mirando a Paula.
–La
eché –dijo Paula.
Después,
al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que Paula llevará
siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que acostumbrarse
también a esto. El sonido de la llave girando en la antigua cerradura
anunciaba la entrada de Paula –sus pasos, cada día más lerdos, más livianos, a
medida que la fecha del parto se acercaba–, y por fin la mano que dejaba el
plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del viejo
también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de Paula, o
tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con una
presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura, sí,
alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso
como un gesto estático, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su
cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apretando
los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la
cintura, le hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó
girar la llave y vio proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes
de que ella dijera lo que siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo.
Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le
perforó el cerebro, como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y
poderoso, incomunicable. Quiso no escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó
el gesto, la mirada, el rictus aquel de apretar los dientes. Ella dijo:
–Va
a tener el chico.
Antenor
volvió la cara hacia la pared. Después, cada noche la volvía.
VI
Nació
en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó llamar a la Tomasina:
el día anterior le había dicho a Fabio que no iba a necesitar nada, ningún
encargo del pueblo.
–Ni
hace falta que venga en la semana –y como Fabio se había quedado mirándole el
vientre, dijo: –Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.
Después
pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él había preguntado por
la mujer que ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había dicho Fabio.
–Ha
de estar en el pueblo –dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: –Si lo ve
al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:
–Podes
irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.
Desde
la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba sola junto al
aljibe. Después ella se metió en la casa y el viejo no volvió a verla hasta el
día siguiente, cuando le trajo el chico.
Antes,
de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido ahogado y, al
acercarse la noche, un grito largo retumbando entre los cuartos vacíos; por
fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo comenzó a
reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de la cama y
quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.
Cuando
Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma actitud, rígido y
sentado. Ella lo traía vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de su hijo.
Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos muy extendidos y el cuerpo echado
hacia atrás, apartando la cara, ella, dejó al chico sobre las sábanas, junto al
viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontraron
luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos
imperativos de Antenor. Como si hubiera estado esperando aquello, el viejo
soltó las correas y tendió el brazo libre hacia la mujer; con el otro se apoyó
en la cama, por no aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la pollera
de Paula, pero ella, como si también hubiese estado esperando el ademán, se
echó hacia atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo
del cuarto, al principio lo miró con miedo. Después, no. Antenor había quedado
grotescamente caído hacia un costado: por no aplastar al chico estuvo a punto
de rodar fuera de la cama. El chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca,
buscó sentarse y no dio con la correa. Durante un segundo se quedó así, con la
boca abierta en un grito inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e
impotente, tan salvaje, sin embargo, que de haber podido gritarse habría
conmovido la casa hasta los cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la
cabeza. Antenor estaba sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la
correa; con la otra, sostenía a la criatura. Delante de ellos se veía el campo,
lejos, hasta el Cerro Patrón.
Al
salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el sulky, la
tiró al aljibe.
FIN
También
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Hernán:
Patrón: