sábado, 20 de diciembre de 2025
ACTIVIDAD : LA NOCHE BOCA ARRIBA
La noche boca arriba

La noche boca arriba
Julio Cortázar
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado.
Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…»; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima…» Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
Julio Cortázar: Final del Juego.
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1993.
Actividades
1)
2) Responde las siguientes preguntas relacionadas al cuento de Julio Cortázar:
a) ¿Qué tipo de narrador (omnisciente, protagonista, testigo) porta la voz en este relato? Fundamenta tu respuesta.
b) ¿Quién es el personaje principal de esta historia? Descríbelo.
c) ¿Por qué crees que este cuento se titula “La noche boca arriba”? Interpreta el cuento a partir del título y fundamenta tu respuesta con ejemplos extraídos del texto. También fíjate en la presencia dentro del relato de estas dos palabras (“boca arriba”), pues te pueden ayudar generar tu interpretación.
d) ¿Cuál es el entorno físico que rodea al fugitivo?
e) ¿Por qué la única opción que tenía era sobrevivir?
f) ¿Cuál es el papel de los olores en este cuento?
g) ¿Cuál es el punto de inflexión a partir del cual se pueden relacionar las historias del moteca con el motero y se entra de lleno en el campo de lo fantástico?
miércoles, 2 de julio de 2025
EL CUENTO FANTÁSTICO -
Copiamos en nuestras carpetas
Cuento Fantástico
Definición: es un relato relativamente breve de carácter ficcional que admite en la realidad de su texto la existencia o posibilidad de existencia de elementos (seres, cosas, lugares o hechos) sobrenaturales dentro de un mundo que, aunque sea literario, es posible. El choque entre los hechos naturales y los elementos prodigiosos impresiona al lector, quien vacila entre una explicación lógica y una explicación mágica para lo que se cuenta.
El cuento fantástico presenta una situación cotidiana en la que irrumpe un fenómeno extraño o sobrenatural, que es imposible de explicar con las leyes de nuestro mundo. En general la aparición de este elemento extraño no tiene explicación dentro del cuento.
Clasificación
Tzvetan Todorov propuso una caracterización y clasificación tentativa de los relatos fantásticos en tres categorías:
- Lo maravilloso: se produce cuando frente al hecho sobrenatural se aceptan nuevas leyes de la naturaleza que pueden explicarlo. Toda clase de situaciones mágicas pueden suceder, tal es el caso de los cuentos de hadas como “Cenicienta”, donde la calabaza se convierte en carroza o el ratón en cochero.
- Lo extraño: cuando el hecho sobrenatural es explicado a partir de las leyes racionales, naturales o científicas. Lo extraño reside en la experiencia inquietante que se vive cuando algo familiar para nosotros se convierte en desconocido; pero al final, en los cuentos extraños se aclara el error de la quiebra de la realidad.
- Lo fantástico: se vincula con una ruptura en la trama de la realidad cotidiana; la normalidad se quiebra porque se produce un acontecimiento extraordinario: el acento está puesto en el conflicto que se crea entre hechos reales o que se consideran normales, y hechos que se consideran anormales o irreales. Al finalizar el relato, no sabemos exactamente que ocurre ni si el conflicto esta solucionado. El lector percibe ese fenómeno como inexplicable.
Según los indicios que proporcionan al lector, los cuentos fantásticos pueden clasificarse en:
1- Puros: mantienen la ambigüedad hasta el desenlace. El lector no puede optar por alguna de las posibles explicaciones (racional o sobrenatural).
2- Impuros: son aquellos que presentan en el momento de cierre algún elemento o indicio que orienta al lector a optar por una explicación de tipo sobrenatural para los hechos ocurridos.
3- Extraños: presenta una explicación racional para los hechos sobrenaturales.
Temas que trata:
1- El hombre lobo.
2- El vampiro.
3- Las perturbaciones de la personalidad.
4- Los juegos de lo visible y lo invisible.
5- Las alteraciones de la causalidad, el espacio y el tiempo.
6- La regresión.
Características:
1- Posee trama narrativa.
2- Existe un elemento sobrenatural: los elementos sobrenaturales irrumpen en un mundo normal de manera súbita y violenta. Esta irrupción provoca una ruptura, en el mundo reconocible y normal, que ya no vuelve a ser el mismo.
3- Los personajes: los acontecimientos sobrenaturales les ocurren a personajes que encarnan personas comunes y corrientes.
4- El escenario: el lugar es muy importante, dado que un escenario bien caracterizado condiciona todo un relato.
5- La participación del lector: es necesario un lector cómplice, que acepte los hechos y suspenda momentáneamente su incredulidad.
miércoles, 28 de mayo de 2025
ACTIVIDAD 6: LA PESQUISA DE DON FRUTOS - POLICIAL
La pesquisa de Don Frutos

Lee atentamente el siguiente cuento:
La pesquisa de don Frutos
Velmiro Ayala Gauna
Don Frutos Gómez, el comisario de Capibara-Cué, entró a su desmantelada oficina haciendo sonar las espuelas, saludó cordialmente a sus subalternos y se acomodó en una vieja silla de paja, cerca de la puerta a esperar el mate que uno de los agentes empezó a cebar con pachorrienta solicitud.
Cuando tuvo el recipiente en sus manos, aspiró con fruición por la bombilla y gustó el áspero sabor del brebaje en silenciosa deleitación.
―Ta güenazo… ―dijo dirigiéndose al agente―; vo no servirás pa melico porque so más lerdo que tatú-carreta, pero pa cebar los verdes sos de mi flor…
―No me halaguée, comesario, que no soy denguna china… respondió el soldado íntimamente complacido.
Al recibir el segundo mate lo tendió cordial hacia el oficial sumariante que leía con toda atención, junto a la única y desvencijada mesa del recinto.
―¿Gusta un amargo?
―Gracias… ―respondió el otro―. Sólo tomo dulce.
―Aquí sólo toman dulces las mujeres… ―terció el cabo Leiva con completo olvido de la disciplina.
―Cuando quiera su opinión se la solicitaré ―respondió fríamente el sumariante.
―Ta bien, mi ufisial ―respondió el cabo y continuó perezosamente apoyado contra el marco de la puerta.
Luis Arzásola, que hacía cinco días apenas que había llegado de la capital correntina a hacerse cargo de su puesto, en ese abandonado pueblecito, se revolvió molesto en su asiento, conteniendo a duras penas sus deseos de sacar carpiendo al insolente, pero don Frutos regía a sus subordinados con paternal condescendencia sin reparar en graduaciones y no quería saber de más reglamentos que su omnímoda voluntad.
Cuando él ya, en ese breve tiempo, le hubo expuesto en repetidas ocasiones sus quejas por lo que consideraba excesiva confianza o indisciplina del personal, sólo obtuvo como única respuesta:
―No se haga mala sangre m΄hijo… No lo hacen con mala intención sino de bruto que son nomá… Ya se irá acostumbrando con el tiempo.
Para olvidar su disgusto siguió leyendo en su preciado libro de Psicología y efectuando apuntes en un cuaderno que tenía a su lado, pero la mesa, que tenía una pata más corta que la otra, se inclinaba hacia un costado y hacía peligrar la estabilidad del tintero, que se iba corriendo lentamente y amenazaba terminar en el suelo. Para evitarlo tomó un diario, lo dobló repetidas veces y lo colocó para nivelar el mueble, debajo del sostén defectuoso. Luego siguió con la lectura interrumpida.
―¿Qué pa está aprendiendo, che oficial? ―preguntó el agente mientras esperaba el mate de manos del comisario.
―Psicología.
―¿Y eso pa qué sirve?
―Para conocer a la gente. Es la ciencia del conocimiento del alma humana.
El milico recibió el mate, meditó unos segundos y concluyó sentenciosamente:
―Pa mi ver eso no se estudea en lo libro. Pa conocer a la gente hay…
Vaciló un momento y afirmó:
―…hay que estudear a la gente.
Después se acercó al brasero que ardía en un rincón y empezó a llenar la calabaza cuidando que el agua no se derramara y que formara una espuma consistente.
En eso estaban cuando Aniceto, el mozo de la carnicería, entró espantado.
―¡Don Frutos!… ¡Don Frutos!…
―¿Qué te ocurre, hombre? ―contestó el aludido y empezó a levantarse.
―Al tuerto Méndez…
―¿Sí?
―Lo han achurao sin asco… Ricién cuando le jui a llevar un matambre que había encargado ayer, dentré a su rancho y ¡ánima bendita santa! lo encontré tendido n΄el suelo, boca abajo y lleno ΄e sangre…
―¿Seguro pa que estaba muerto, chamigo?
―Seguro nicó don Frutos. Duro, frío y hasta medio jediendo con la calor que hace.
―Güeno, gracias, Aniceto. Andate nomá.
―¡Hasta luego, don Frutos!
―¡Hasta luego, Aniceto! ―respondió el funcionario y volvió a sentarse cómodamente.
El oficial, que había dejado el libro, se plantó frente a su superior.
―¿Qué pa le pasa, m΄hijo?
―¿No vamos al lugar del hecho, comisario?
―Sí, enseguidita.
―Pero… ¡es que hay un muerto, señor!
―¿Y qué?… ―contestó el viejo ya con absoluta familiaridad―. ¿Acaso tené miedo que se dispare?… Dejame que tome cuatro o cinco matecitos más, o de no, se me van a desteñir las tripas.
Cuando, después de una buena media hora, arribaron al rancho de las afueras donde había ocurrido el suceso, ya el oficial había redactado in mente el informe que elevaría a las autoridades sobre la inoperancia del comisario, sus arbitrarios procedimientos y su inhabilidad para el cargo. Creía que era llegada la ocasión propicia para su particular lucimiento y para apabullar con sus mayores conocimientos los métodos simples y arcaicos del funcionario campesino. Lo único que lamentaba era haber olvidado en la ciudad una poderosa lupa, que le hubiera servido de maravilloso auxiliar para la búsqueda de huellas.
Apenas a unos pasos de la puerta estaba el extinto de bruces contra el suelo.
―¡Andá! ―ordenó el comisario al cabo Leiva―. Abrí bien la ventana pa que dentre la luz.
Éste lo hizo así y el resplandeciente sol tropical entró a raudales en la reducida habitación.
Don Frutos se inclinó sobre el cadáver y observó en la espalda las marcas sangrientas de tres puñaladas que teñían de rojo la negra blusa del caído.
―Forastero… ―gruñó.
Luego buscó un palito y lo introdujo en las heridas. Finalmente lo dejó en una de ellas y aseveró:
―Gringo.
Se irguió buscando algo con la mirada y, al no encontrarlo, dijo al cabo:
―Andá, sacale laj rienda al rosillo qu΄es mansito y traémelas…
Cuando al cabo de un momento las tuvo en sus manos, midió con una distancia de los pies del difunto hasta la herida y luego, transportándola sobre el cuerpo de Leiva, alzó un brazo y lo bajó. No quedó satisfecho, al parecer, y, poniéndose en puntas de pie, repitió la operación.
―¡Ajá! ―dijo―. Es más alto que yo, debe medir un metro y ochenta má o meno.
Inmediatamente se volvió al cabo y lo interrogó:
―¿Estuvo ayer el Tuerto en las carreras?
―Sí, pero él pasó la tarde jugando a la taba.
―¿Y le jue bien?
―¡Y de no! ¡Si era como nu hay otra pa clavarla ΄e güelta y media! ¡Dios lo tenga en su santa gloria!… Ganó una ponchada de pesos. Al capatá΄e la estancia, a ese que le dicen Mister, lo dejó sin nada y hasta le ganó tres esterlinas que tenía ΄e recuerdo; el Ñato Cáceres perdió ochenta pesos y el anillo ΄e compromiso…
―Güeno, revisalo a ver si le encontrás la plata…
El cabo obedeció. Dio vueltas al cadáver y le metió las manos en los bolsillos, hurgó en su amplio cinturón y le tanteó las ropas.
―Ni un vainte, comesario.
―A ver… Vamoj a buscar en la pieza, puede que lo haiga escuendido.
―Pero, comisario ―saltó impaciente el oficial―. Así van a borrar todas las huellas del culpable.
―¿Qué güellas, m΄hijo?
―Las impresiones dactilares…
―Acá no usamo d΄eso, m΄hijo… Tuito lo hacemo a lo que te criaste nomá…
Y ayudado por el cabo y el agente, empezó a buscar en cajones, debajo del colchón y en cuanto posible escondite imaginaron.
Arzásola, entretanto, seguía acumulando elementos con criterio científico, pero se encontraba un poco desconcertado. En la ciudad, sobre un piso encerado, un cabello puede ser un indicio valioso, pero en el sucio piso de tierra de un rancho hay miles de cosas mezcladas con el polvo; cabellos, recortes de uñas, llaves de lata de sardina, botones, semillas, huesecillos, etcétera. Desorientado y después de haber llenado sus bolsillos con los objetos más heterogéneos que encontró a su paso, dirigió en otro sentido sus investigaciones. Junto a la puerta y cerca de la ventana encontró una serie de pisadas y, entre ellas, la huella casi perfecta de un pie.
―¡Comisario! ―gritó―. Hay que buscar un poco de yeso…
―¿Pa qué, m΄hijo?
―Para sacarle el molde a esta pisada. El asesino estuvo parado aquí y dejó su marca.
―¿Y pa qué va a servir el molde?
―Porque gracias a una ciencia que se llama Antropometría ―respondió despectivamente y como dando una lección―, de esa huella se puede deducir la talla de su dueño y otros datos…
―No te aflijás por eso. El creminal es un gringo, má o meno una cuarta más alto que yo y dejuro que ha d΄estar entre la peonada ΄e la estancia ΄e los ingleses…
―¡Pero!… ―se asombró el oficial.
―Ya te explicaré más tarde, m΄hijo. Toy siguro qu΄el tipo estuvo en la cancha ΄e taba y vido cómo el Tuerto se llenaba ΄e plata, dispué se adelantó y lo estuvo esperando n΄el rancho. Quedó un rato vichando el camino, desde la ventana se puso detrá ΄e la puerta. Cuando el pobre dentró l΄encajó una puñalada y en seguida do más cuando lo vido caído.
―Así es, don Fruto… ―asintió el cabo―. Se ve clarito por las pisadas.
―Al verlo muerto le revisó loj bolsillo, le sacó tuitas las ganancias y se jue… Pero, ya loj vamoj a agarrar sin la Jometría esa que decís.
En seguida, dirigiéndose al agente que lo acompañaba, ordenó:
―Andate a lo del carnicero y decile que te dea un cuero ΄e vaca y te emprieste ΄l carro. Lo traés al Aniceto pa que te ayude, lo envuelven al finao, lo cargan y lo llevan a enterrar… El pobre no tiene a naides que lo llore. Cuando venga el Pai Marcelo pa la Navidá le haremos decir una misa…
―Ta bien, comesario.
Inmediatamente se volvió al oficial y al cabo Leiva y les dijo:
―Aura vamoj pa l΄estancia… Si me hace qu΄el infiel que ha hecho esta fechoría debe d΄estar allí…
La estancia de los ingleses se encontraba más o menos a media legua del pueblo. Además del habitual personal de servicio y peones, había en ella unas dos docenas de obreros trabajando en la ampliación de unas alas del edificio.
Interiorizado el administrador del propósito que los llevaba hizo reunir, frente a una de las galerías, a todo el personal. Hombres de todas clases y con los más diversos atavíos se encontraban allí. Algunos con el torso desnudo brillante de sudor porque el sol ya empezaba a hacerse sentir, otros en camiseta, blusas, camisas de colores chillones, un inglés con breeches, un español con boina, un italiano con saco de pana, etc.
―Poné a un lado a los gringos y a loj otros dejalos dir ―dijo don Frutos al oficial, después de pasar su mirada por el grupo, y se sentó con el dueño de casa a saborear un vaso de whisky.
Arzásola, a su vez, transmitió la orden:
―Los extranjeros que avancen dos pasos al frente.
Una decena de hombres se destacó de la masa.
El oficial, entonces, dirigiéndose a los otros, exclamó:
―Ustedes pueden retirarse.
Correntinos, misioneros, formoseños y de algunas otras provincias del norte se alejaron murmurando entre dientes o contentos de verse libres de la curiosidad policial.
De pronto el cabo Leiva se adelantó hacia un mocetón de pelo hirsuto y tez cobriza que había quedado con los demás.
―¿Y vo, Gorgonio, qué hacés aquí?
―L΄ofisial dijo nicó que se quedásemo lo estranjero, pué.
―¡Qué pa a ser estranjero vo! Usté so paraguallo como yo, chamigo. Estranjero son lo gringo, lo de las Uropas… ¡Andá de acá y no quedrás darte corte!
Y así diciendo lo sacó a empellones de la fila.
Don Frutos, entonces, se acercó a los restantes y después de observarlos, dijo:
―Lo do petiso ΄e la esquina y ese otro ΄e boina… váyanse nomá…
Frente a él quedaron el inglés, un par de italianos, algunos españoles y un polaco.
―A ver… ―continuó―. Muestren la cartera o plata que tengan…
En las callosas manos aparecieron carteras grasientas o pesos arrugados.
El inglés sin inmutarse, advirtió:
―Mi no tener una moneda.
Al oírlo, Arzásola se acercó a don Frutos y le dijo suavemente:
―Está mintiendo, me parece. Debe ser él y seguro ha escondido lo robado. Lo habrá hecho para recobrar sus esterlinas.
―No ―le respondió el superior―. Ese no puede ser… Mirale los pieses…
El inglés permanecía firme y estático, mientras los otros, inquietos, se asentaban, ora sobre un pie, ora sobre el otro.
―¿Ves, m΄hijo?… El mister puede estar mucho tiempo sin moverse mientras el que estuvo allá dejó el suelo como pisadero p΄hacer lagrillos.
Se acercó a los hombres silenciosos y les revisó el dinero sin decir palabra.
Se retiró unos pasos atrás y dijo al oficial:
―El polaco, el italiano pelo ΄e choclo y lo doj gallego no han estado en la tabeada.
―¿Cómo lo puede asegurar?
―¿No viste que la plata d΄esos estaba limpia y lisa? La de esoj otro estaba arrugada y sucia ΄e tierra. Cuando podás observar una partidita vaj a ver como los tabeadores estrujan los billetes, loj hacen bollitos, los dueblan y loj sostienen entre lo dedo, loj tiran al suelo, loj pisan, loj arrugan, etc. Uno de eso do debe ser. Se acercó de nuevo a la fila y, pasándose el pañuelo por la cara, dijo:
―¿Ta apretando la calor, no?
Miró al italiano de saco de pana y le aconsejó paternal:
―Ponete cómodo… Sacate el saco.
―Estoy bien, gracias.
―Sacate el saco te he dicho ―ordenó, y luego siguió con tono protector―: Te va a embromar la calor si no lo hacés…
A regañadientes obedeció el otro.
Apenas lo hubo hecho, cuando don Frutos ordenó al cabo:
―¡Metelo preso! Éste es el criminal…
Dando un rugido de rabia, el indicado llevó la mano a la cintura y la sacó empuñando un pequeño y agudo cuchillo, pero el cabo, con rapidez felina, se lanzó sobre él y lo encerró entre sus fuertes brazos, mientras el oficial, prendiéndosele de la mano, se la retorció hasta hacerle caer el arma. En seguida, ayudado por los otros peones, le ataron las manos a la espalda y lo arrojaron sobre un carro que le facilitó el administrador para llevarlo al pueblo. Don Frutos recogió el saco, lo estrujó poco a poco como buscando algo y, luego, con el mismo cuchillo del detenido lo descosió a la altura del hombro y allí, entre el relleno, encontró escondidas las monedas de oro y el anillo. Después volvió a la mesa a terminar el whisky y agradecer al dueño de casa su colaboración, terminado lo cual la comisión montó a caballo y emprendió el regreso.
Una vez que el preso quedó bien seguro en el calabozo, el comisario y el oficial se acomodaron en la oficina.
Arzásola, impaciente, preguntó:
―Perdón, comisario, ¿pero cómo hizo para descubrir al asesino?
―Muy fácil m΄hijo… Apenas vi laj herida del muerto supe qu΄el culpable era forastero.
―¿Por qué?
―Porque las heridas eran pequeñas y aquí naides usa cuchillo que no tenga, por lo menos, unos treinta centímetros ΄e hoja. Aquí el cuchillo es un instrumento ΄e trabajo y sirve pa carnear, pa cortar yuyos, pa abrir picadas n΄el monte y ande clave deja un aujero como pa mirar al otro lao y no unoj ojalito como loj que tenía el Tuerto. Dispué cuando le metí el palito adentro supe, por la posición, qu΄el golpe había venido de arriba p΄abajo y me dije: Gringo…
―Cierto, yo lo oí… ¿pero cómo pudo saberlo?
―¡Pero m΄hijo! porque el criollo agarra ΄l cuchillo ΄e otra manera y ensarta de abajo p΄arriba como pa levantarlo n΄el aire, pues.
―¡Ah!
―Dispué medí la distancia de los pieses a l΄herida y la marqué ΄en l΄espalda ΄l cabo, alcé el brazo y lo bajé, pero daba más abajo. Entonces me puse en punta ΄e pie y me dio maj omeno. Por eso supe qu΄el asesino era como cuatro dedos más alto que yo y como mi medida, asigún la papeleta es uno y setenta, le calculé uno y ochenta.
―Sí, pero, ¿cómo adivinó que había escondido las monedas y el anillo en el saco?
―Porque con la calor que hacía no se lo sacaba d΄encima. Pensé que debía ΄e tener algo ΄e valor pa cuidarlo tanto y má me convencí cuando empezó a sacárselo y le vi la camiseta pegada ΄l cuerpo por el sudor…
El agente entró con el mate y don Frutos se lo alargó al oficial.
―Servite m΄hijo. Aquí vaj a tener que aprender a tomarlo cimarrón.
Arzásola lo aceptó y dijo:
―Creo que voy a tener que aprender eso y otras cosas más.
Lo vació de tres o cuatro enérgicos sorbos y lo devolvió al milico, luego como la mesa empezaba a tambalearse nuevamente, tomó el libro de psicología y lo puso debajo de la pata renga.
Actividades
1. ¿Qué tipo de cuento policial es? Justifica tu respuesta y ejemplifica.
2. Realiza una síntesis de la obra utilizando tus propias palabras.
3. ¿Qué tipo de narrador cuenta la historia y en que persona gramatical lo hace? Da dos ejemplos.
4. ¿Cuáles son los personajes del cuento? ¿Qué características posee cada uno de ellos? Da al menos cinco para cada uno.
5. ¿Cuál era la actitud que tenía Luis Arzásola al principio de la obra? ¿Cambia a lo largo del cuento? Explica con tus palabras.
6. ¿Por qué Luis Arzásola pone el libro de psicología bajo la pata renga de la mesa? Explica.
7. ¿Qué pistas tuvo en cuenta don Frutos para encontrar al culpable? Enuméralas.
miércoles, 21 de mayo de 2025
ACTIVIDAD 5: EN DEFENSA PROPIA - POLICIAL
Audio libro: https://www.youtube.com/watch?v=G6d-_X2-KxU
En defensa propia

En defensa propia
Rodolfo Walsh
– «Yo, a lo último, no servía para comisario» – dijo Laurenzi, tomando el café que se le había enfriado -. Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se mete la gente, y la manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría resuelto. Eso, sobre todo. Vea, es mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el biógrafo, que las propias ideas. Yo notaba que me iba poniendo flojo, y era porque quería pensar, ponerme en el lugar de los demás, hacerme cargo. Y así hice dos o tres macanas, hasta que me jubilé. Una de esas macanas es la que le voy a contar.
Fue allá por el cuarenta, y en La Plata. “Eso le indica – murmuró con sarcasmo, mirando la plaza llena de sol a través de la ventana del café – que mi fortuna política estaba en ascenso, porque usted sabe cómo me han tenido a mí, rodando por todos los destacamentos y comisarías de la provincia.
La fecha justa también se la puedo decir. Era la noche de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio. ¿No le hace gracia que aún hoy se prendan fogatas ese día?»
– Es por el solsticio estival – expliqué modestamente.
– Usted quiere decir el verano. El verano de ellos que trajeron de Europa la fiesta y el nombre de la fiesta.
– Desconfíe también del nombre, comisario. Eran antiguos festivales celtas. Con el fuego ayudaban al sol a mantenerse en el camino más alto de cielo.
– Será. La cuestión es que hacía un frío que no le cuento. Yo tenía un despacho muy grande y una estufita de kerosén que daba risa. Fíjese, había momentos en que lo que más deseaba era ser de nuevo un simple vigilante, como cuando empecé, tomar mate o café con ellos en la cocina, donde seguramente hacía calor y no se pensaba en nada.
Serían las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Era una voz tranquila, la voz del juez Reynal, diciendo que acababa de matar un ladrón en su casa, y que si yo podía ir a ver. Así que me puse el perramus y fui a ver.
Con los jueces, para qué lo voy a engañar, nunca me entendí. La ley de los jueces siempre termina por enfrentarlo a uno con un malandra que esa noche tiene más suerte, o mejor puntería, o un poco más de coraje que seis meses antes, o dos años antes, cuando uno lo vio por última vez con una vereda y una 45 de por medio. Uno sabe cómo entran, cómo no va a saber, después de verlo llorando y, si se descuida, pidiendo por su madre. Lo que no sabe, es cómo salen. Después hasta le piden fuego por la calle, y usted se calla y se va a baraja porque se palpita que hay un chiste en alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya.
Iba pensado en estas cosas mientras caminaba entre las fogatas que la garúa no terminaba de apagar, esquivando los buscapiés de la juventud que también festejaba, como dice usted, lo alto que andaba el sol y, seguramente, la cosecha próxima, y los campos llenos de flores. Para distraerme, empecé a recordar lo que sabía del doctor Reynal. Era el juez de instrucción más viejo de La Plata, un caballero inmaculado y todo eso, viudo, solo e inaccesible.
Entré por un portoncito de fierro, atravesé el jardín mojado, recuerdo que había unas azaleas que empezaban a florecer y unos pinos que chorreaban agua en la sombra. La cancel estaba abierta, pero había luz en una ventana y seguí sin tocar el timbre. Conocía la casa, porque el doctor solía llamarnos cada tanto, para ver cómo andaba un sumario o para darnos un sermón. Tenía ojos de lince para los vicios de procedimiento, la sangre de sus venas pasaba por el código y no se cansaba de invocar la majestad de la justicia, la de antes. Y yo que hasta tengo que cuidar la ortografía, y no hablo de los vicios de procedimiento ya va a ver. Pero yo no era el único. Conozco algunos que pretendían tomarlo en farra, pero se les caían las medias cuando tenían que enfrentarlo.
Y es que era un viejo imponente, con una gran cabeza de cadáver porque año a año la cara se le iba chupando más y más, hasta que la piel parecía pegada a los huesos, como si no quisiera dejarle nada a la muerte. Así lo recuerdo esa noche, vestido de negro y con un pañuelo de seda al cuello.
Con este hombre yo me guardaba un viejo entripado, porque una vez en la misma comisaría, adonde llegó como bala me soltó al tuerto Landívar, que tenía dos muertes sin probar, y más tarde iba a tener otra. Nunca olvidé lo que me dijo: “Es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la justicia”. ¿Y el peligro? – le pregunté. “El peligro lo corremos todos- dijo. Pero fui yo el que tuve que matarlo a Landívar, cuando al fin hizo la pata ancha en los galpones de Tolosa, y yo me acordé del doctor, del doctor y de su madre».
El comisario se agarró el mentón y meneó la cabeza. Como si se riera de alguna ocurrencia secreta, y después soltó una verdadera carcajada, una risa asmática y un poco dolorosa.
– Bueno, ahí estaba sentado ante su escritorio, como si nada hubiera pasado, absorto en uno de esos libracos de filosofía, o vaya a saber qué, pero en todo caso algo importante, porque apenas alzó la cabeza al verme en la puerta y siguió leyendo hasta que llegó al final de un párrafo que marcó con una uña afilada y como de vidrio. Tuve tiempo de sacarme el sombrero mojado, de pensar dónde lo pondría, de ver el bulto en el suelo, que era un hombre, de codearme con un jinete de bronce y, en general, de sentirme como un auxiliar tercero que lo van a amonestar. Recién entonces el viejo cerró el libro, cruzó los dedos y se quedó mirándome con esos ojos que siempre parecían estar haciendo la seña del as de espadas.
Le pregunté, de buen modo, qué quería que hiciera. Contestó que yo sabía cuál era mi deber, que yo conocía, o debía conocer, el Código de Procedimientos, que él, desde ya, se iba a excusar de entender en la causa, pero que su reemplazante de turno era el doctor Fulano, y que no lo tomara a mal si, ya que estaba, observaba con interés profesional la forma en que yo encauzaba el sumario.
Le aseguré que no faltaba más. Le dije que si estaba bien que hiciera una inspección ocular. Hizo que sí con la cabeza. ¿Y que le preguntara algunas cosas y lo tuviese demorado hasta que el doctor Fulano dispusiera lo contrario? Entonces se echó a reír y comentó:
-¡Muy bien, muy bien, eso me gusta!
Moví con el pie la cara del muerto, que estaba boca abajo frente al escritorio, y me encontré con un antiguo conocido, Justo Luzati, por mal nombre “El Jilguero”, y también “El Alcahuete”, con fama de cantor y de otras cosas que en su ambiente nadie apreciaba. Supe tratarlo bastante en un tiempo, hasta que lo perdí de vista en un hospital, pobre tipo.
Pero resultaba bueno verlo muerto así, al fin con un gesto de hombre en la cara flaca donde parecían faltarle unos huesos y sobrarle otros, y un 32 empuñado a lo hombre en la mano derecha, y todavía ese gesto bravío de apretar el gatillo a quemarropa, cuando ya le iban a tirar, o le estaban tirando, y le tiraron nomás y el plomo del 38 que el doctor sacó de algún cajón lo sentó de traste, y entonces se acostó despacio a lagrimear un poco y a morir.
Pero ese viejo, era cosa de ver, o de imaginar, la sangre fría de ese viejo. Dejó el 38 sobre la mesa, con cuidado, porque era una prueba. Me llamó por teléfono, sin levantarse siquiera, porque no había que tocar nada. Y siguió leyendo el libro que leía cuando entró Luzati.
-¿Lo conoce, doctor? -le pregunté.
-Nunca lo había visto.
Entonces, mientras lo estaba mirando, descubrí ese estropicio en la biblioteca que tenía detrás de él.
-¿Y de eso -señalé-, no pensaba decirme nada?
-Usted tiene ojos -respondió.
Había una hilera de tomos encuadernados en azul, creo que eran la colección de La Ley, y uno estaba medio destripado, le salían serpentinas y plumitas de papel, y al lado había un marco de plata boca abajo, un retrato, con la foto y el vidrio perforados.
-Quédese quieto, doctor, no se mueva -le previne y di la vuelta al escritorio, me paré donde se había parado Luzati, donde todavía estaba el agua de sus zapatos, y desde allí miré al viejo, y luego detrás del viejo, y nuevamente esa cara cadavérica y severa. Pero él me corrigió: “Un poquito más a la izquierda”, dijo.
-¿Qué se siente, doctor, cuando a uno le erran por tan poco?
-No se siente nada -contestó- y usted lo sabe.
Entonces me agaché, saqué el 32 de entre los dedos de Luzati, abrí el tambor y allí estaba la cápsula picada y el resto de la carga completa, y hasta el olor de la pólvora fresca. Todo listo y empaquetado para el gabinete Vucetich, donde seguramente iban a encontrar que el plomo de la biblioteca correspondía al 32, y que el ángulo de tiro estaba bien, y todo estaba bien, y se lo iban a ilustrar con dibujitos y rayas coloradas, verdes y amarillas para probar nomás que el doctor había matado en defensa propia.
Puse el 32 junto al otro, sobre el escritorio, y fue entonces cuando él me oyó decir: “Qué raro”, y me miró sin moverse.
-Qué raro, doctor -le dije caminando otra vez hacia la biblioteca-, que usted, que solía tener tan buena memoria, se haya olvidado de este pájaro cantor. Porque a mí no me falla, hace cuatro años usted sentenció en una causa Vallejo contra Luzati, por tentativa de extorsión.
Él se echó a reír.
-¿Y eso? -dijo- Como si yo fuera a acordarme de todas las sentencias que dicto.
-Entonces tampoco recordará que en el treinta lo condenó por tráfico de drogas.
Me pareció que daba un brinco, que iba a pararse, pero se contuvo, porque era un viejo duro, y apenas se pasó una mano por la frente.
-En el treinta -murmuró- Puede ser. Son muchos años. Pero usted quiere decir que no vino a robar, sino a vengarse.
-Todavía no sé lo que quiero decir. Pero qué raro, doctor. Qué raro que este infeliz, que nunca asaltó a nadie, porque era una rata, un pobre diablo que hoy se puso la mejor ropa para venir a verlo a usted, alguien que vivía de la pequeña delación, del pequeño chantaje, del pequeño contrabando de drogas: alguien que si llevaba un arma encima era para darse coraje; que este tipo, de golpe, se convierta en asaltante y venga a asaltarlo a usted.
Entonces él cambió de postura por primera vez, giró con el sillón y me vio con el retrato entre las manos, ese retrato de una muchacha lejana, inocente y dulce, si no fuera por los ojos que eran los ojos oscuros y un poco fanáticos del juez, esa cara que sonreía desde lejos aunque estaba destrozada de un tiro certero, porque el vencido amor y la sombra del odio que le sigue tienen una infalible puntería.
Le devolví el retrato, le dije:
“Guardeló. Esto no tiene por qué figurar aquí”, y me senté en cualquier parte sin pedirle permiso, pero no porque le hubiera perdido el respeto, sino porque necesitaba pensar y hacerme cargo y estar solo. Pensar por ejemplo en esa cara que yo había visto dos años antes en una comisaría de Mar del Plata, esa cara devastada, ya no inocente, repetida en la foto de un prontuario donde decía simplemente “Alicia Reynal, toxicómana, etcétera”. Pero cuando pasó un rato muy largo, lo único que se me ocurrió decirle fue:
-Hace mucho que no la ve.
-Mucho -dijo, y ya no habló más, y se quedó mirando algo que no estaba. Entonces volví a pensar, y ahí debió ser cuando descubrí que ya no servía para comisario. Porque estaba viendo todo, y no quería verlo. Estaba viendo cómo el “Alcahuete” había conocido a aquella mujer, y hasta le había vendido marihuana o lo que sea, y de golpe, figúrese usted, había averiguado quién era. Estaba viendo con qué facilidad se le ocurrió extorsionar al padre, que era un hombre inmaculado, un pilar de la sociedad, y de paso cobrarse las dos temporadas que estuvo en Olmos. Estaba viendo cómo el viejo lo esperó con el escenario listo, el tiro que él mismo disparó -un petardo más en esa noche de petardos- contra la biblioteca y contra aquel fantasma del retrato. Estaba viendo el 32 descargado sobre el escritorio, para que Luzati lo manoteara a último momento y hasta apretara el gatillo cuando el viejo le apuntó. Y lo fácil que fue después abrir el tambor y volver a cargarlo, sin sacarlo de la mano del muerto, que era donde debía estar.
Estaba viendo todo, pero si pasaba un rato más, ya no iba a ver nada, porque no quería ver nada. Así que al final me paré y le dije:
-No sé lo que va a hacer usted, doctor, pero he estado pensando en lo difícil que es ser un comisario y lo difícil que es ser un juez. Usted dice que este hombre quiso asaltarlo, y que usted lo madrugó. Todo el mundo lo va a creer, y yo mismo, si mañana lo leo en el diario, es capaz que lo creo. Al fin y al cabo, es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la compasión.
Era inútil. Ya no me escuchaba. Al salir me enganché por segunda vez junto al “Alcahuete”, y de un bolsillo del impermeable saqué la pistola de pequeño calibre que sabía que iba a encontrar allí, y me la guardé. Todavía la tengo. Habría parecido raro, un muerto con dos armas encima.
El comisario bostezó y miró su reloj. Lo esperaban a almorzar.
-¿Y el Juez?- pregunté
-Lo absolvieron. Quince días después renunció y al año se murió de una de esas enfermedades que tienen los viejos.
Lee la siguiente teoría:
El policial argentino
El relato policial surge en la Argentina a finales del siglo XIX con “La pesquisa” (1884) de Paul Groussac. Los escritores de este período siguen los modelos clásicos extranjeros, sin variaciones, pero desde la década de 1940, el policial argentino comienza a adoptar una identidad propia. Borges con “La muerte y la brújula” incorpora la figura del comisario criollo, que tiene a su cargo el develamiento del enigma, pero con características diferentes a las del detective de procedencia anglosajona.
Un personaje propio del policial argentino es el comisario de pueblo, humilde y de aparente inocencia, con más experiencia de vida que rigor deductivo.
Inserto en la institución policial, nuestro investigador cobra un sueldo para desempeñar su función. Algunas veces comparte con el detective clásico su característica de célibe.
En cuanto al esquema narrativo, en muchos relatos de producción argentina es similar al del policial clásico, aunque en algunos casos la función del ayudante que escucha el relato del detective y lo narra, es reemplazado por un periodista o escritor que no ha participado de los hechos, dado que estos ocurrieron en un pasado lejano y que el comisario está recordando.
Otros relatos toman la voz del investigador que nos lleva a los lectores como acompañantes por su recorrido deductivo.
Se podría afirmar que los relatos policiales argentinos están marcados por un antiintelectualismo que indica un nítido contraste entre la cultura y la vida: una idea de que la biblioteca y los libros no sirven y de que el saber elemental y práctico del hombre simple es la verdad.
Fuente: Cuentos con detectives y comisarios, Ed. Colihue y Cuentos policiales argentinos, Ed. Estrada
1. ¿Qué características del policial argentino presenta este cuento? ¿Por qué es posible clasificar al cuento como un policial negro?
2. Imagina y deduce el significado de las siguientes expresiones coloquiales, de acuerdo con el contexto en el que aparecen:
a) Hacer la pata ancha:
b) Guardar un entripado:
c) Madrugar a alguien:
3. Responde:
a) ¿Quién es el protagonista?
b) ¿Por qué Laurenzi afirma que al final de su carrera no servía para comisario?
c) ¿Cuál es el enigma que plantea el relato?
d) ¿Por qué el cuento se titula “En defensa propia”?
e) ¿Por qué es posible afirmar que hay dos víctimas posibles y dos culpables?
f) ¿Dónde acurre el asesinato? Transcribe dos citas textuales.
4. Señala con V (Verdadero) o F (Falso) y justifica cada respuesta con una cita del texto:
__ Laurenzi utiliza el razonamiento para develar el misterio.
__ Laurenzi tiene una buena relación con el juez.
__ Laurenzi es una persona culta y refinada.
__ Laurenzi resuelve el caso, aunque no triunfa la justicia.
Otras actividades
Luego de ver el video “Variaciones Walsh – En defensa propia”, contesta:
1. ¿Por qué Laurenzi afirma que al final de su carrera no servía ni para comisario?
2. ¿Cuál es el enigma que plantea el relato?
3. ¿Por qué el cuento se llama “En defensa propia”?